Performance surrealista actualizada

 

Carta retro/acción/activa

 

Sevilla, el año pasado -por agua. 

         Mi querida amiga Nieves Correa:

         Me complace comuniK-arte los persistentes recuerdos que me dejó una Performance que presencié el 5 de noviembre de 2004 en el Salón de Actos de Pabellón del Uruguay, la sede más culta de la Universidad de Sevilla. Su título era Tri.Da.Da., y el autor, Daniel Ezilio (Ancona, 1971).

         Imagínate, rodeado de cortinajes azules, un pequeño escenario teatral al que se accede desde un patio de butacas por cinco escalones a ambos extremos laterales. Lo único que hay, en la parte central delantera del escenario, cuando entramos, es un pequeño velador trípode y un taburete. De detrás de las cortinas salen dos muchachas preciosas, llevando entre ambas una diminuta bandeja de plata rectangular sobre la cual hay un metrónomo que late a 40 pulsaciones por minuto (las he contado).

         Con pasos medidos y solemnes, ellas avanzan hasta el filo de las candilejas y depositan con unción el objeto sobre el suelo. Durante un instante, ensimismadas, contemplan silenciosas el pendular y lento tictac mientras empieza a sonar una suave música ambiental que yo reconozco inmediatamente: Idilio de Sigfrido, de Richard Wagner (1813-1883).

          Desde el fondo oscuro de la sala, por el pasillo lateral izquierdo, alguien grita. “¡No, no!” En dos zancadas llega y sube al escenario, enarbolando un bastón. Asustadas, las muchachas huyen y desaparecen por el mismo lugar de su entrada.

           “-¡No, no, no, no, no y no!” exclama rigurosamente el negro personaje (smoking y rústicas alpargatas de cordones sueltos). Gesticulando, con esperpénticos aspavientos, hace su declaración de principios, enfatizándola mediante una coreografía de simbología cabalística. Luego, calmado, se sienta cara al público y empieza a leer un texto en unos folios hasta ahora invisibles, que había en el velador.
          La música de Wagner sigue oyéndose de fondo, durante los dieciocho minutos de su charla, perfectamente articulada y audible pero completamente ininteligible. Con cara blanca de estatua debido a los potentes focos, hieráticamente grave, litúrgico por instantes, habla y sigue hablando, pasando sus páginas.
          Lo que tenemos delante es un conferenciante serio que se esfuerza en participar al auditorio unas cuantas ideas abstrusas pero bien documentadas. Cita a ciertos científicos de peso, como Boltzmann y Orffyreus. Expone claramente teorías inauditas acerca de un método de conocimiento irracional activable críticamente desde la quinta dimensión (astral). Alude a unas estructuras sistematizadas de confusa interpretación referidas a la substancia metafísica del universo cósmico. Opera delirantes asociaciones lógicas entre una mesilla de noche y una nodriza que hace calceta sentada en un charco de agua; entre la morfología de la coliflor (biógrafa suya), el girasol y el cuerno de rinoceronte; entre la curva logarítmica del Nautilus, cierta marca extranjera de queso, el cuerpo fofo de una deidad oriental y la Teoría de la relatividad. Explica, lo recuerdo ahora con deslumbrante nitidez, la diferencia exacta entre la manera pitagórica y la heracliteana de generar atávicamente el azar objetivo mediante la construcción a ciegas de ciertos objetos atmosféricos de utilidad práctica nula (algo que se llama “hacer la cabra sanitaria”).

También nos habla de la mutación (no era la clonación) de una cocinera en gallo (¿o en grillo?) y de un murciélago en ratón lechal calvo. Y finalmente declara sin ambages y con cierto fanatismo edípico latente -pero manifiesto- su personal afición por las moscas de Valenciaga (¿o Valencia?) y las tortillas de finas hierbas a las que idolatra hasta el éxtasis cuando las puede contemplar colocadas sobre el cráneo rapado por él mismo de su bisabuela vestida de torero (Conchita Cintrón). Una conferencia alucinógena, como ya te habrás dado cuenta, querida amiga mía.
           A los tres o cuatro minutos del arranque, surgió de entre las cortinas un objeto que identifiqué como un gran paraguas negro desteñido por la antigüedad del modelo cuando se abrió de golpe y luego empezara a girar tornasolándose bajo la luz centelleante de los focos amarrados al telar. Siguiendo el paraguas, apareció una de las dos muchachas vistas al comienzo. Se paseó por el escenario jug-coq-ueteando con su paraguas. Se plantó a escuchar, curiosa, al conferenciante. Al cabo de unos segundos, como no entendía nada, se desinteresó de él. Su amiga se unió a ella, y poco a poco llegaron otras personas desde bastidores, saludando con abrazos cariñosos a las presentes, pero sin interferir con el conferenciante que prosiguió pausadamente (quería decir: pesadamente) su discurso sin ver nada de todo cuanto estaba ocurriendo e iba a suceder a sus espaldas.
           Ahora vemos entretenidos a los personajes del decorado viviente (un hombre cuarentón y en total cuatro mujeres jóvenes y bellas). Se entregan a una multitud de juegos de sociedad, sea por pareja, sea todos juntos, así como a inaudibles conversaciones íntimas o apasionadas controversias sobre extraños objetos de difícil identificación que extraen de una cesta de pan psicodélica (Mercurio de Fulcanelli: te suena, ¿verdad?) y esparcen por el suelo, entorpeciendo notablemente los incesantes desplazamientos que realizan por el espacio escénico. Todos visten de boda retro: estolas de visón, pamelas con plumeros, tacones aguja de vértigo. Su pantomima no produce ruido alguno, cosa extraña en vista de su trajín verdaderamente trajano (quiero decir: colosal), y de ella no se percata el conferenciante a quien ellos, por el contrario, mencionan en sus centrifugados comentarios, visiblemente censuradores.
          Amén de la música y de la voz del conferenciante, lo único que se oía era el obsesivamente repetido arpegio cromático descendente y ascendente que la mujer vestida de gala (y sin duda la más desmontable) extraía de un romboédrico instrumento trapezoidal (perdóname: la geometría no es mi fuerte, sobre todo desde que me enteré de que es la ciencia que inhibe radicalmente toda tentativa de erección); un instrumento, decía, de catorce cuerdas desafinadas del cual me dijo luego Daniel (el Performer-autor-conferenciante) que era un auténtico GUSLI procedente de las estepas del Asia central que él mismo se trajo de Kazán (o Moscú, me entra la duda, no importa).
           Ese sonido musical directo se armonizaba de maravillas con la música erótica de Wagner y con el ronroneo de gato repentinamente acatarrado del interminable monólogo del conferenciante (a fuerza de mirarle, me parecía ver una estampa de Luis II de Baviera), de tal manera que el público asistente y amodorrado hubiera podido aprovechar la ocasión para dormir con llave una pequeña siesta idílica. Pero al público le sucedía lo mismo  que a los personajes del escenario: nos faltaba el MPC para realizarnos. Y por desgracia, justo en ese instante, pitó un móvil como un langostino al que una se estaría comiendo vivo.
       Después de la frustrada o fallida siesta y de la bacanal de la imaginación en la que aquellos cinco personajes convirtieron sus juegos de cartas, de manos y de magia, súbitamente aburridos por el locuaz y locuelo conferenciante, intentaron distraer su concentración e interrumpir su amoniacal diarrea glotológica,  bien accionando a sus oídos un estridente timbre de bicicleta -aunque, pensándolo, creo que pudiera tratarse del timbre algo más ronco, en todo caso mucho más desafinado, de un ovocípedo-, bien saltando a la comba frenéticopatéticamente en torno suyo, bien amenazando con darle una paliza con una cuchara de palo que tenía un mango larguísimo, bien jugando al fútbol con la calavera de un obispo o golpeando las patas de su asiento con una barra de pan seco que se rompió en mil pedazos. Nada le hizo inmutarse. Cansados, como ya era tarde (todo eso ha durado catorce minutos para nosotros, pero duraría cinco horas para ellos), decidieron marcharse y que el orador siguiera hablando solo. Como último intento para obligarle a terminar con su retórica verborrea, el hombre se dispuso a cortar con un serrucho las torneadas patas de madera del velador. Todo fue en vano.

       En ese momento yo me fijé en la corbata del elegante caballero aserrador. Era una corbata de cartón piedra pintada con colores chillones a la que, en otra Performance, habría podido (lo mismo que Braque en 1907) reutilizar como violín, e incluso, como pistola (para desembarazarse del molesto orador, obviamemte, y a condición de dejar crecer previamente algunas canas al
susodicho revólver).

      Abandonado por todos a la trágica suerte de su delirante charlatanería sistemática, completamente solitario en el escenario vacío, igual que al comienzo, el conferenciante concluyó su discurso con estas palabras:
“Respetable público, lo que acaban de oír y ver era la acción neo-dadaísta TRI.DA.DA., aunque habría podido llamarse “El testamento de Orfeo”. Por favor, no aplaudan ni me pregunten poqué. Pues si yo mismo, que la he escrito e interpretado no la comprendo, ¿cómo podría entenderla mi auditorio?”

     Al mismo tiempo que pronunciaba las últimas frases, la música cesaba y el metrónomo dejaba de latir. Todos los detalles habían sido programados al milímetro y, qué duda cabe, pacientemente anotados en una partitura truculenta.
     Esa Performance era una obra no POP sino OP, pero OPP con 2 pés: óPtica de Precisión. O.P.P.: Otra Posible Performance. Se había pretendido recrear la atmósfera estrafalaria y mediúmnica de una reunión del grupo Surrealista parisiense. El conferenciante serio (Daniel) no lucía bigotes pero nos mostraba sencillamente a Dalí en su centenario.

     En mi próxima carta, te contaré la Performance POMELO, vista a Barber hace dieciocho días en La Cartuja.

     A la espera de mandarte el vitamínico relato, te pongo en el sobre unos autorizados y no menos psicodélicos vapores inhalables del azahar que inunda las calles a 26· C, junto con un beso caluroso pero sin graduación, pese a que yo pueda firmar YA (Gracias por tu enhorabuena),

WALMAIDA (A.D.O.C.)

***********

Notas:

Cuando se habla del revólver con algunas canas, debe entenderse una referencia a la obra Le révolver à cheveux blancs, de André Breton, publicada en 1932.

La sigla A.D.O.C. que sigue la firma se lee: “Artifex Doctor Operum Causa”.

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Acerca de labriot

Algunos de los temas en este blog: Danza, Arte de Acción, Humor surrealista, excentricidades filosóficas, y más.
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